32- LA ALCANCÍA
LA ALCANCIA
IRA PARTE
Yo tenía una alcancía.
Me la regaló la vida,
cuando a ella me asomaba,
allí guardaba, desde que era niño
con tesón y esmero,
todos mis recuerdos y mis alegrías.
Yo tenía una alcancía
donde atesoraba mis ideales y esperanzas
con mucha fe hacia la humanidad.
...Eran
sueños que al futuro pertenecían
y yo
los hice míos.
Yo tenía una alcancía,
que con firmeza y esmero cuidaba y defendía
más que a mi propia vida...
Para que no la empañaran ni mancillaran
ni monedas falsas le metieran.
Con mucha humildad, cuando era niño, a mis amigos les
hablé,
y al mismo tiempo los invité,
que ahorraran en
sus alcancías,
igual que yo lo hacía...,
que
elevaran sus miradas y miraran lejos...,
...que
la humanidad era el más hermoso sueño posible
y el
mejor ahorro era, procurar que ese sueño continuara...
...y
continuara cada vez más, perfeccionándose en su genialidad,
cuidando
la pureza y la nobleza de esa obra maestra.
Mi alcancía preservaba tiernos años de mi vida,
desde donde con mi imaginación un hermoso mundo concebía
y desde allí, el futuro, con delicadeza delineaba.
Impresionantes fantasías en mi mente se generaban,
como un visionario sin límites ni fronteras.
Todo con atractivos colores pintaba
y a mi
mundo de encanto colmaba,
con
seducción fascinante y hechizada,
como lo
haría un aprendiz de mago.
Mi
alcancía era como una bola de cristal
con la
cual jugaba, como un adivino juega
pretendiendo
predecir el porvenir...,
profetizando
el devenir de la humanidad...
En esa
alcancía había ahorrado,
con
sacrificios y penurias ,
todo lo
que anhelaba y de la vida esperaba,
como si
hubiera hecho un conjuro hacia la humanidad,
donde
toda la maldad se desvanecería.
En esa
alcancía anidaba,
como las
aves anidan,
las
esperanzas de las nuevas vidas,
que bajo
sus alas cobijan,
donde
primero está la cría
a costa
de sus vidas.
Esa
alcancía también contenía,
el sueño
de la libélula,
que,
naciendo como una larva primitiva,
y arrastrándose por el fondo fangoso de los
ríos,
emerge increíblemente para
volar por los cielos
sobre el verdor que se
destaca
alrededor de su entorno,
danzando sublimes sinfonías
de ganas de vivir,
decorando ese cielo con sus
brillantes colores.
A medida que los años pasaban,
a mi alcancía con más fervor la protegía,
porque un
temor incipiente en mi pecho latía,
que
ensombrecía todo mi ser.
No sabía
donde radicaba,
ni que lo
originaba o producía.
Cuando
era niño, con frecuencia,
de la
casa sigilosamente me escapaba
y con mi
amiga de aquel entonces
en el
bosque me internaba,
descifrando su intrincada
vida
en busca
de nuevas monedas para mi alcancía,
monedas
de reflexión, de armonía y de admiración a la naturaleza.
Observaba
su complejidad y aprendía...
...aprendía,
cómo algunas criaturas,
caían
derrotadas y comidas por las otras,
cuando se
equivocaban en medir,
la
astucia y fortaleza de su adversario.
perpetuando
así los enlaces de la vida.
Observaba
cómo la vida en el bosque,
es una
lucha interminable.
Pensaba cómo
sustraer a la humanidad de esa lucha...
Me
comparaba con el destino fortuito de esas criaturas,
¡Y se
estremecía todo mi ser...!,
para
finalmente coleccionar más monedas en mi alcancía,
monedas
de admiración a la obra maestra de la naturaleza,
¡LA HUMANIDAD!
Los
acontecimientos de esos tiempos,
continuaban
viviendo intensamente dentro de mí,
agrandándose
durante todo mi existir.
Cada día
que pasaba,
nuevas
monedas “De ganas de vivir ahorraba”
complementándolas
con las anteriores.
Mi
alcancía cada vez más brillaba.
Color,
forma y perfección a la humanidad otorgaba.
La llama,
cada vez más ardía,
y a mi
alrededor a todos alumbraba,
no
importaba credo, raza ni prejuicio alguno.
Mi
entusiasmo no se desmayaba.
Con vehemencia a mis sueños,
ímpetu le
imprimía...
pero al
mismo tiempo a batallar por ellos me alistaba
y con
todas mis fuerzas me preparaba.
Un día,
una vez más, me interné en mi querido bosque,
con Elia
a mi lado, mi amiga incondicional,
y con mi alcancía en sus
manos;
caminamos
toda la noche por la rivera de su río
hasta
desembocar en el mar
del gran
Océano Pacífico.
Carecíamos
de miedo. Era como si fuera nuestra casa.
Amábamos el
bosque, la noche y a la alcancía
Sobre un
gigantesco peñón que yacía
en la
arena blanca de la playa
recibimos el tenue
resplandor del amanecer...
Allí
sobre el peñón y frente a mi querida alcancía
Elia
presenció mi primer juramento...,
...juramento
de convertir en realidad
todo lo
ahorrado en mi alcancía,
de luchar
incansablemente, aunando esfuerzos,
porque el mundo esté
pintado...
...pintado con los colores
de mi alcancía.
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Continua:
La
Alcancía 2da
Parte
|
La
Alcancía 1ra
Parte Jesús
Riquelme Senra. 1970
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