33-LA ALCANCIA PARTE II



LA ALCANCÍA

PARTE ll

 

I


Después del gran juramento de luchar incansablemente,

para que el mundo esté pintado…

pintado con los colores de mi alcancía.

Elia se unió al juramento

y  repentinamente nos invadió el sueño.

Sobre el peñón, de la camisa de Elia  como almohada,

y sobre la camisa su cabeza que dormitaba,

la mía  sobre sus piernas reposaba.

Así soñamos los dos en ese amanecer,

con nuestra querida alcancía

y con nuestro gran juramento.

 

II

El revoloteo de las gaviotas nos despertó,

cuando el sol enrojecía nuestra piel.

Nos contamos los sueños y resultó ser el mismo.

Emprendimos el retorno río arriba.

Un silencio interno nos acompañó.

Solo nos comunicábamos con las miradas,

indagando la coincidencia del mismo sueño,

buscando el origen naciente de nuestro nuevo sentir;

a partir de ese amanecer,

a partir de ese juramento.

 

III

Algo nos decía que nuestras vidas habían cambiado,

que en nosotros surgía con firmeza,

otra posición frente a la existencia.

El diálogo  a través de las miradas continuaba,

nadie pronunciaba palabra alguna.

Sólo se escuchaba el cantor de los pájaros.

Teníamos una sonrisa profunda de sentirnos realizados.

¡Era como si estuviéramos cruzando la frontera de esta vida…!

de esta vida para ir más allá…

Las pupilas de Elia estaban encendidas,

quién sabe si las mías también.

 

 

 

 

 

 

 

IV

Una despedida en silencio estaba planteada

ambos sabíamos que emprenderíamos caminos distintos,

¡pero con la misma alcancía!

como si se hubiera replicado.

En cada una de ellas llevábamos,

grandes lecciones imborrables ahorradas,

ahorradas en nuestro querido bosque.

Aprendizaje que nos acompañó durante toda la vida,

vibrando nuestro más profundo sentir.

 

V

Elia quedaba en Panamá en mi amado bosque,

y  yo intuía que me esperaba una ardua travesía.

¡Un temblor inexplicable recorría todo mi cuerpo!,

sin saber por qué, ni qué lo originaba.

Elia saltó la cerca retornando a su casa

y  yo me encaminé hacia la mía.

Asumimos con valentía la separación y el camino bifurcado.

 

VI

Un largo viaje me esperaba.

Una sensación de tristeza  me embriagaba,

no sabía si era la despedida,

o algo que presentía  que me iba a ocurrir.

La incertidumbre se apoderó de mí momentáneamente.

 

VII

Ya en otro lugar, después de varios años,

seguía aferrado a mi alcancía,

cada vez con mayor intensidad…

alimentándola con nuevas monedas,

a medida que el tiempo transcurría,

e iba perfilando, definiendo y perfeccionando,

¡Aquel juramento!.

¡En aquel amanecer!,

¡Sobre aquel peñón!.

 

VIII

No sabía qué me pasaba,

que cada  día que transcurría presentía y acentuaba,

extraños sentimientos que se evidenciaban,

que los sacrificios consumados,

custodiando mi querida alcancía,

muy pronto se revertirían.

 

 

IX

Pero  mi constancia y perseverancia continuaban aumentando,

el cuido y la custodia que sobre ella tenía

por temor a que algo le pasara.

Era como un presagio que en silencio sentía.

Era como si toda mi vida gravemente se exponía. 

Era como una premonición de algo que me ocurriría.

 

X

Lentamente y sin advertirlo los años continuaban fluyendo.

¡Solo, inmensamente solo!,

con mi alcancía me fui quedando,

mientras los demás claudicaban y abandonaban

los sueños e ideales forjados en su infancia.

Un  inexplicable aturdimiento en ellos se gestaba y crecía,

zanjando cada vez más las diferencias que nos separaba.

 

XI

Todo esto fomentaba en ellos sentimientos encontrados,

que comenzaban a emerger,

y que en mi contra orientaban.

Mutuamente el uno al otro se consolaba y se justificaba

el estado de abandono en el cual se encontraban,

con dolor me percataba que en rivalidad comenzaba a convertirse.

¡Todos se auto convencían de que mi alcancía era la culpable!.

Así un inmenso caudal gratuito de contrincantes me generaron.

 

XII

Era que no me entendían,

era que el mismo idioma no hablábamos,

era que el mismo sendero no caminábamos,

 era que el  mundo de distinto color percibíamos,

¡era que el celo y la envidia a todos cegaba!.

Era  que sus mentes carecían de ideales que los guiara,

era que no admiraban a la humanidad.

 

XIII

Claramente se advertía,

que mis amigos profundamente codiciaban

a mi querida alcancía con todo su contenido,

y sin ningún sacrificio ambicionaban,

lo que ellos, años anteriores derrocharon.

 

 

 

 

 

XIV

Con mucha paciencia y de infinita fortaleza me armé,

enormes  cantidades de razones les alegué y les señalé:

“Que vivir sin ideales no tenía sentido”.

Los invité a retornar al camino extraviado:

“Que no importa nunca el tiempo perdido,

lo que importa es el tiempo venidero,

y la espontaneidad, la autonomía y la autenticidad de saberlo vivir,

y saber volver  a empezar”.

 

XV

Les regalé una nueva alcancía a cada uno de ellos:

con monedas de “vivir intensamente cada instante”,

cada  instante que nos otorgue la naturaleza,

¡como si éste fuera el último por vivir!.

Les regalé  monedas  de saber reír, de saber mirar,

monedas de saber amar, de saber sentir,

de saber escuchar y escuchar con atención,

de ser emprendedor con tenacidad y humildad.

Insistí en  que la humildad con conocimiento es una virtud.

insistí en que las pasiones bajas había que erradicarlas.

Insistí en que dentro del gran milagro llamado vida,

¡el máximo capital es La Humanidad!.

En que había que cuidarla, atenderla y enseñarla,

y  evitar que se desvíe por  caminos inciertos.

 

XVI

Pasaron otros años, continuaba estudiando,…

aumentaba mi pasión por saber….

Progresivamente iba convenciéndome de que mis esfuerzos eran inútiles,

que no  podía ayudar a quien no quería superarse,

que no se podía ayudar a quien se coloca como contrincante,

que el superarme me iba produciendo desvinculamiento con los seres,

desvinculamiento con los seres que se  abandonaban ...

 

    X VII

           El   único aliciente que tenía era cuando me refugiaba  en  el recuerdo,

en  el recuerdo inolvidable de nuestras caminatas por el bosque,

sobre todo la última caminata,

por las riveras del río hasta la playa,

acompañado por el cantor de las criaturas,

en el recuerdo del origen naciente de nuestro nuevo sentir,

a partir de ese juramento,

a partir de ese momento,

en esa playa,

sobre ese peñón,

con la alcancía en las manos de Elia,

alumbrado por el tenue amanecer,

acompañado por el murmullo de las olas,

que rompían en la playa creciente,

en el recuerdo del sueño mutuo que compartimos,

cuando el coro de gaviotas que revoloteaban,

nos anunciaba un  nuevo día,

un nuevo caminar,

una nueva esperanza,          

un nuevo compromiso,

un nuevo sentir.

¡MI NUEVO SER!

 

 

                                                                                          Jesús Riquelme Senra.

                                                                                                                                                          La Alcancía  II Parte                                                                                         

                                                              

Continua:

La Alcancía

3ra Parte

 

La Alcancía

1ra Parte

Jesús Riquelme Senra.

jesusriquelmesenra@gmail.com

1972

 

                                                          

 

 

Entradas populares de este blog